Galdino Flores González, originario de Oaxaca, junto con dos de sus cuatro hijos, recorre diariamente las esquinas más transitadas de Nuevo Laredo para amenizar el paso de automovilistas y peatones con su organillo. Instalados en el cruce de Obregón y Arteaga, la familia interpreta piezas como “Amor Eterno”, “Las mañanitas” y el “Vals de Alejandra” durante los semáforos en rojo, a cambio de monedas que los conductores voluntariamente depositan.
Con siete años dedicado a este oficio heredado, Galdino representa la tercera generación de cilindreros en su familia. “Este trabajo no solo nos permite sostenernos, sino también evitar que una tradición muera”, explica. Sus hijos, pese a sentirse atraídos por la música de cilindro, compaginarán su aprendizaje con estudios formales, una oportunidad de la que él no pudo disfrutar en su infancia.
El uniforme beige que portan recuerda el vínculo entre los organilleros y las filas de los Dorados de Villa durante la Revolución, y da cuenta del arraigo histórico de esta práctica en el norte del país. Sin embargo, la actividad enfrenta retos: la escasez de piezas para reparación obliga a viajar hasta la Ciudad de México, y no siempre es rentable. Algunos compañeros han abandonado ya la labor en busca de mejores alternativas.
Aun así, la familia Flores González mantiene viva una herencia musical que, según Galdino, va más allá de la supervivencia económica. Entre los acordes de su cilindro, sueñan con consolidar un legado cultural que impulse a las futuras generaciones a elegir entre la tradición y nuevas oportunidades educativas.
















